La economía mexicana rumbo a 2026
Artículo por Zaid Arce Rivera / Economista
Al entrar en 2026, la economía de México transita una etapa delicada, donde convergen señales débiles de recuperación, tensiones de política económica y urgencia por apuntalar un diseño institucional que enfoque al país hacia una senda de crecimiento sostenido y con equidad social. La proyección de crecimiento, la evolución de precios, las decisiones de política fiscal y monetaria, así como el entorno internacional —en particular el tipo de cambio y la atracción de inversión— serán determinantes para definir si 2026 se convierte en un año de estabilidad precaria, respiro moderado, o apenas un ligero “resurgir” en medio de vientos adversos.
Proyección macroeconómica: modesta recuperación, con matices
Según el cuadro de “Pre-Criterios 2026” de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), se anticipa para 2026 un crecimiento real del producto interno bruto (PIB) en el rango de 1.5 % a 2.5 %. Este rango es consistente con la idea de un repunte moderado desde la desaceleración reciente, aunque lejos de cifras que se asocien con un “despegue”.
En paralelo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que la economía mexicana, tras una expansión bastante débil en 2025, podría recomponerse ligeramente en 2026. La institución advierte, sin embargo, que este repunte está condicionado a la implementación de reformas estructurales —consolidación fiscal, cierre de brechas de infraestructura, fortalecimiento institucional y mejor integración comercial—, ya que sin ello la economía corre el riesgo de mantenerse atrapada en una trampa de bajo crecimiento.
Por su parte, según la expectativa de analistas del sector privado consultados por Banco de México (Banxico), el crecimiento esperado para 2026 ronda aproximadamente 1.6-1.7 %. Las diferencias entre el rango oficial más optimista (hasta 2.5 %) y las previsiones conservadoras del sector privado ilustran la naturaleza frágil del entorno: pequeñas variaciones en inversión, consumo o condiciones externas podrían alterar de forma significativa el resultado anual.
El principal motor interno de este crecimiento será el consumo privado, respaldado por la demanda interna, el gasto de los hogares y una posible recuperación moderada en la inversión privada y pública —especialmente en infraestructura, logística y energía.

Inflación, política monetaria y tipo de cambio: hacia la convergencia, con riesgos
De acuerdo con las autoridades y organismos que elaboran los pre-criterios económicos, se anticipa que la inflación anual (dic./dic.) converja hacia 3.0 % para 2026. Este nivel coincide con la meta de objetivo de inflación del Banco de México (Banxico), lo que —de cumplirse— permitiría ofrecer un entorno de precios relativamente estable para decisiones de inversión, consumo y ahorro.
En ese entorno de moderación de precios, Banxico podría continuar con su ciclo de relajamiento monetario, reduciendo la tasa de referencia gradualmente. Una tasa de interés más baja —si la inflación lo permite— sería un incentivo para inversión privada, créditos al consumo y reaceleración del crédito interno, algo relevante en un contexto externo incierto.
No obstante, este optimismo implica riesgos: la convergencia a 3 % depende de que no se disparen choques de oferta, de que no se vean aumentos abruptos en energéticos o alimentos, y de que la depreciación del tipo de cambio no alimente presiones inflacionarias importadas. En ese sentido, los mercados anticipan que el tipo de cambio para 2026 se mantenga dentro del rango histórico de cerca de 16–22 pesos por dólar, estimando una ligera depreciación hasta ~18.9 pesos por dólar. Esa estabilidad relativa cambiaría si fija-divisas o incertidumbres externas saltan: un dólar fuerte, tensiones comerciales globales o cambios en los flujos de capital podrían desafiar esa previsión y afectar la inflación interna.

Finanzas públicas, deuda y espacio fiscal: disciplina, pero con limitaciones
La estrategia de política fiscal para 2026 prevé una normalización prudente del déficit público, con una reducción gradual de los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) respecto a años recientes. Esto implica que el espacio para gasto público expansivo será limitado, lo cual condiciona la capacidad de usar política fiscal contra ciclos adversos o choques externos.
El reto es doble: mantener sostenibilidad de la deuda, sin sacrificar inversión productiva y social; esto exige que el gasto esté cuidadosamente asignado, privilegiando infraestructura, desarrollo humano, educación, salud y programas sociales eficientes, en lugar de gasto corriente ineficiente o subsidios poco focalizados. El FMI advierte que, sin esfuerzos por cerrar brechas de infraestructura, mejorar clima institucional y profundizar apertura comercial, el crecimiento potencial de México seguirá siendo bajo.
Asimismo, la estabilidad macroeconómica —baja inflación, finanzas públicas ordenadas, tipo de cambio relativamente estable— puede ayudar a mantener la confianza de inversionistas, algo clave para atraer inversión privada en energía, manufactura avanzada, logística, tecnología y sectores estratégicos.

Riesgos estructurales: vulnerabilidades externas y desafíos domésticos
Aunque el escenario “base” puede verse relativamente favorable —moderado crecimiento, inflación controlada, tipo de cambio estable, finanzas ordenadas—, persisten riesgos estructurales y coyunturales que podrían complicar el desempeño en 2026.
Primero, el entorno externo: la desaceleración global, tensiones comerciales, incertidumbres en economías desarrolladas, cambios regulatorios, variaciones en precios de materias primas o energéticos, así como una política monetaria más restrictiva en otras economías, podrían golpear exportaciones, inversión extranjera, remesas y flujo de capitales hacia México. Esto, a su vez, impactaría negativamente el tipo de cambio, el costo de financiamiento y el comercio exterior —todos motores de crecimiento.
Segundo, las limitaciones internas: el país arrastra desde hace décadas brechas de infraestructura —vías, energía, logística—, debilidades en el estado de derecho, deficiencias institucionales y barreras a la inversión productiva. Sin un avance decidido en estos frentes, las posibilidades de una transformación real hacia mayor productividad, valor agregado y competitividad se verán reducidas, condenando al país a un crecimiento estructural bajo.
Tercero, el espacio fiscal reducido: si bien la disciplina en finanzas públicas ofrece estabilidad, también limita la capacidad del Estado para responder ante shocks o para financiar programas de desarrollo ambiciosos. Si la inversión pública e incentivos a la privada resultan insuficientes, el crecimiento dependerá casi exclusivamente del consumo interno, lo que vuelve al país vulnerable a la volatilidad del empleo, ingresos y condiciones domésticas.
Finalmente, la fragilidad social: en un contexto de crecimiento moderado, inflación medianamente contenida, precariedad en empleo y posibles impactos externos, la persistencia de desigualdades, informalidad laboral, precariedad en ingresos reales y falta de oportunidades para amplios sectores podría traducirse en un ciclo perpetuo de estancamiento para una parte importante de la población.

Escenarios alternativos 2026: de lo probable a lo deseable
Con base en los elementos anteriores, pueden plantearse tres escenarios alternativos para 2026, con implicaciones distintas:
Escenario conservador / “estabilidad frágil”: crecimiento cercano a 1.5 %, inflación convergente a 3%, tipo de cambio estable, pero con ligera depreciación, gasto público moderadamente contenido. En este escenario la economía no se estanca, pero crece poco; las mejoras en bienestar son modestas y los avances estructurales siguen siendo limitados. Es el escenario “mínimo aceptable”.
Escenario de recuperación moderada: crecimiento de ~2–2.5 %, inflación controlada, tipo de cambio razonablemente estable, inversión moderada en infraestructura y sectores estratégicos, e impulso al consumo interno y crédito. Este escenario permitiría mejorar empleo formal, elevar ingresos reales, impulsar demanda agregada y comenzar a cerrar algunas brechas de desarrollo productivo. Requiere decisiones políticas coherentes, coordinación público-privada y algo de estabilidad externa.
Escenario transformador (optimista pero exigente): a este escenario se llega si México logra, simultáneamente, un paquete de reformas estructurales: inversión masiva y eficiente en infraestructura, impulso real a manufactura avanzada y energías, fortalecimiento institucional, seguridad jurídica, fomento a innovación y educación; además de una estrategia macroeconómica de estabilidad, con disciplina fiscal, inflación controlada, nivel de tasas favorable, y un entorno externo benigno. En ese caso, 2026 podría ser un punto de inflexión: crecimiento superior al 3–4 % sostenido, mejora en productividad, diversificación exportadora, creación de empleo formal calificado y reducción real de desigualdades. Este escenario, aunque posible, exige compromiso de largo plazo, visión estratégica y consistencia.

El año decisivo que podría sentar las bases del futuro
El 2026 no tendrá, salvo sorpresas estructurales, un “boom” económico. Las cifras preliminares y los escenarios más probables apuntan a una recuperación modesta, un crecimiento moderado y una inflación cada vez más cerca de la meta. Pero esa moderación no debe leerse como resignación: detrás de esos números está la posibilidad real de consolidar un marco macroeconómico estable, de reducir vulnerabilidades y de avanzar hacia un modelo de crecimiento más equilibrado y sostenible.
Más allá de los porcentajes, lo que está en juego es un proyecto de desarrollo: si el país logra articular inversiones productivas, política fiscal responsable, apoyo al capital humano y reformas estructurales, 2026 puede marcar el inicio de una fase distinta. Pero si esas decisiones no se encauzan con visión estratégica, corremos el riesgo de perpetuar un estancamiento crónico, con crecimiento moderado, empleo precario, vulnerabilidades externas y desigualdades persistentes.
En ese sentido, 2026 se perfila como un año “decisivo”: no por promesas de crecimiento explosivo, sino porque podría ser el año en que México decida entre simplemente sobrevivir —manteniendo estabilidad frágil— o emprender con seriedad una ruta de transformación hacia un modelo productivo, justo y resiliente.
Fuentes Consultadas:
Mexico’s peso to trade within decade-old range in 2026: Reuters Poll By Reuters


