Potencial Humano

La década decisiva de México

Por qué el crecimiento económico del futuro dependerá menos del costo de nuestra mano de obra y más de la capacidad de crear conocimiento, productividad y confianza

Por Raúl Zárate Torres

Durante décadas, México aprendió a competir fabricando para el mundo. La próxima década exigirá algo mucho más complejo: diseñar, innovar, liderar y generar mayor valor agregado. La economía mexicana no enfrenta únicamente una desaceleración coyuntural; enfrenta la oportunidad histórica de redefinir su posición dentro del nuevo orden económico global

La década decisiva de México

Hay momentos en la historia económica de un país que no se identifican por una crisis financiera, una devaluación o una reforma estructural. Se reconocen porque, sin hacer demasiado ruido, modifican las reglas con las que el mundo genera riqueza. México se encuentra precisamente en uno de esos momentos.

Durante más de treinta años nuestro modelo económico descansó sobre una premisa relativamente clara: integrarnos al comercio internacional mediante una industria manufacturera competitiva, aprovechar la cercanía con Estados Unidos y convertirnos en uno de los principales exportadores del mundo. Esa estrategia permitió consolidar cadenas productivas altamente eficientes, atraer inversión extranjera y posicionar al país como un actor relevante dentro del comercio global. Sin embargo, las ventajas que impulsaron ese crecimiento comienzan a transformarse.

«La economía del siglo XXI ya no recompensa a quien produce más, sino a quien convierte el conocimiento en productividad.»

La competencia internacional ya no se libra únicamente entre países capaces de producir a menores costos. Hoy compiten las economías capaces de innovar con mayor velocidad, desarrollar tecnología propia, incorporar inteligencia artificial a sus procesos productivos y formar talento especializado para industrias que hace apenas una década ni siquiera existían. Esta transición está redefiniendo la economía mundial. Y obliga a México a formular una pregunta distinta. No se trata únicamente de cuánto creceremos durante el próximo año. La verdadera interrogante es si estamos construyendo las condiciones para competir durante los próximos veinte.

Como director ejecutivo, pocas variables resultan tan determinantes como la confianza. Ningún consejo de administración aprueba inversiones multimillonarias observando únicamente los indicadores del siguiente trimestre. Las decisiones estratégicas se toman proyectando escenarios de diez, quince o incluso veinte años. Se evalúan instituciones, estabilidad jurídica, disponibilidad energética, infraestructura logística, calidad del capital humano y, sobre todo, la capacidad del país para sostener un entorno competitivo en el largo plazo.

Por ello, cuando analizamos la economía mexicana, reducir la conversación al crecimiento del Producto Interno Bruto resulta insuficiente. El PIB explica cuánto produce una economía. La productividad explica cuánto futuro puede construir. Esa diferencia es fundamental.

En los últimos años, la economía mexicana ha mostrado una capacidad notable para absorber choques externos. Superó una pandemia global, enfrentó la inflación más elevada en varias décadas, mantuvo estabilidad financiera en un contexto internacional complejo y conservó el atractivo para la inversión manufacturera derivada de la reorganización de las cadenas globales de suministro. Ese desempeño merece reconocimiento. Pero también exige una reflexión. Resistir ya no es suficiente. Las economías que marcarán el rumbo durante la próxima década serán aquellas que logren convertir los cambios tecnológicos en ventajas competitivas permanentes. Y ahí comienza el verdadero desafío para México. Durante décadas, el país fue reconocido por la calidad de su manufactura, hoy esa fortaleza continúa siendo una ventaja extraordinaria, pero ya no representa una garantía de liderazgo.

La automatización industrial está reduciendo el peso relativo del costo laboral dentro de las decisiones de inversión. La inteligencia artificial comienza a transformar desde la planeación logística hasta el diseño de productos. La robotización incrementa la productividad en sectores donde anteriormente predominaba la mano de obra intensiva. Paralelamente, la competencia geopolítica entre las principales economías del mundo está acelerando una nueva configuración del comercio internacional.

En este escenario, el concepto de nearshoring ha ocupado buena parte de la conversación empresarial. Con frecuencia se presenta como la mayor oportunidad económica que México ha tenido en décadas, y probablemente lo sea, pero también existe el riesgo de simplificar excesivamente el fenómeno. El verdadero valor del nearshoring no consiste en atraer nuevas plantas industriales, consiste en construir alrededor de ellas un ecosistema productivo capaz de generar conocimiento, innovación y empresas mexicanas con alcance global. La diferencia parece sutil, pero determina el desarrollo de un país.

Si la inversión extranjera únicamente instala líneas de ensamblaje desconectadas del resto de la economía nacional, el impacto será limitado, se crearán empleos, aumentarán las exportaciones y mejorarán algunos indicadores regionales, sin embargo, el contenido tecnológico permanecerá fuera del país y el crecimiento dependerá continuamente de decisiones tomadas en otros mercados, en cambio, cuando la inversión internacional impulsa el nacimiento de proveedores nacionales, centros de investigación, universidades vinculadas con la industria, empresas de ingeniería y compañías tecnológicas locales, el efecto económico cambia radicalmente. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Corea del Sur, Irlanda, Singapur y, más recientemente, en diversos polos industriales de Europa del Este. Primero llegaron las fábricas. Después llegaron las capacidades. Finalmente llegaron las empresas capaces de competir por sí mismas en los mercados internacionales. México aún se encuentra a tiempo de recorrer ese camino. Pero hacerlo exige abandonar una visión de corto plazo. La competitividad dejó de medirse exclusivamente por el salario promedio de un trabajador. Hoy se mide por la velocidad con la que una economía aprende. Las empresas más valiosas del mundo ya no poseen únicamente los mayores activos físicos. Poseen el mejor talento. Poseen la mayor capacidad para generar conocimiento. Poseen la infraestructura tecnológica que les permite innovar continuamente.

«El verdadero riesgo para México no es crecer menos un año; es acostumbrarse a crecer por debajo de su potencial durante una generación.»

En consecuencia, la riqueza del siglo XXI ya no depende solamente del capital financiero. Depende, sobre todo, del capital intelectual. Y esa transformación obliga a replantear completamente la estrategia económica de México. La conversación ya no debería centrarse únicamente en atraer inversión. Debe enfocarse en desarrollar capacidades nacionales que permitan multiplicar el valor generado por esa inversión. Ese cambio de paradigma representa la diferencia entre ser una economía manufacturera exitosa y convertirse en una economía verdaderamente desarrollada. Porque los países no alcanzan altos niveles de bienestar cuando producen más. Los alcanzan cuando producen mejor. Y ese será, probablemente, el mayor desafío económico que enfrentará México durante la próxima década.

La productividad será la nueva moneda de las naciones

Durante buena parte del siglo XX, el crecimiento económico estuvo estrechamente relacionado con la acumulación de capital físico. Construir carreteras, puertos, aeropuertos, parques industriales y plantas manufactureras era suficiente para elevar la producción y generar prosperidad. Ese paradigma ya no explica por sí solo el éxito de las economías más dinámicas.

Hoy, el factor que determina la diferencia entre un país que crece al dos por ciento y otro que sostiene tasas superiores al cuatro o cinco por ciento es la productividad. No se trata de trabajar más horas, se trata de generar más valor con el mismo esfuerzo. La productividad es la capacidad de transformar conocimiento en riqueza, es la razón por la que dos empresas con el mismo número de colaboradores pueden producir resultados completamente distintos. También explica por qué algunas economías logran incrementar los salarios reales sin perder competitividad internacional. En México, éste continúa siendo uno de nuestros mayores desafíos estructurales.

Durante años hemos discutido cómo atraer más inversión, pero con mucha menor frecuencia analizamos cómo elevar la productividad de millones de pequeñas y medianas empresas que representan la columna vertebral de la economía nacional. Digitalización, automatización, acceso al financiamiento, capacitación y profesionalización empresarial ya no son ventajas competitivas; se han convertido en condiciones indispensables para sobrevivir.

Las organizaciones que continúen operando bajo modelos tradicionales enfrentarán una competencia cada vez más agresiva de empresas capaces de producir mejor, responder más rápido y adaptarse con mayor velocidad a las necesidades del mercado. Por ello, la conversación económica debe evolucionar. La pregunta ya no es cuántas empresas llegan a México. La pregunta es cuántas empresas mexicanas serán capaces de convertirse en líderes globales.

La inteligencia artificial ya no pertenece al futuro

Cada revolución económica modifica la manera en que las sociedades producen riqueza. La máquina de vapor transformó la manufactura. La electricidad redefinió la industria. Internet revolucionó los servicios. La inteligencia artificial está haciendo algo aún más profundo: está cambiando la forma en que tomamos decisiones.

Hoy, un algoritmo puede optimizar cadenas de suministro, anticipar fallas en equipos industriales, detectar fraudes financieros, diseñar campañas comerciales personalizadas, mejorar diagnósticos médicos y asistir en procesos legales complejos. Su impacto no radica únicamente en la automatización, sino en la capacidad para multiplicar la inteligencia colectiva de las organizaciones.

Ésta será, probablemente, la mayor revolución económica desde la aparición de internet. Y México no puede limitarse a consumirla. Debe participar en su desarrollo. Esto implica fortalecer universidades, impulsar la investigación científica, vincular los centros de innovación con la industria y crear incentivos para que las empresas inviertan en desarrollo tecnológico propio. El país necesita formar ingenieros en inteligencia artificial, científicos de datos, especialistas en ciberseguridad, expertos en semiconductores, desarrolladores de software y líderes capaces de integrar la tecnología con la estrategia empresarial. Las economías más exitosas no son aquellas que compran más tecnología. Son aquellas que aprenden a crearla.

La confianza: el activo económico más subestimado

Existe una variable que no aparece diariamente en los mercados financieros, pero que determina el comportamiento de todos ellos. La confianza. Cuando un inversionista decide instalar una planta en un país, no analiza únicamente el costo laboral o los incentivos fiscales. Evalúa la estabilidad jurídica, la certeza regulatoria, la calidad institucional, la disponibilidad energética, la infraestructura logística y la previsibilidad de las políticas públicas. Las grandes inversiones no se realizan para un sexenio, se realizan para varias décadas, por ello, la confianza constituye uno de los principales motores del crecimiento económico.

Los países que generan reglas claras reducen el costo del capital, atraen inversión de largo plazo y fortalecen la innovación. En contraste, la incertidumbre retrasa decisiones estratégicas, incrementa el costo financiero y limita el potencial de crecimiento. México posee ventajas competitivas extraordinarias, pero esas ventajas sólo alcanzarán su máximo potencial si se acompañan de instituciones sólidas y de un entorno que incentive la inversión productiva.

Liderar una empresa en la nueva economía

La economía del futuro también transformará el liderazgo empresarial. Durante décadas, un director general era evaluado por su capacidad para administrar recursos, hoy será evaluado por su capacidad para transformar organizaciones. Las empresas que sobrevivirán durante la próxima década no serán necesariamente las más grandes, serán las más adaptables, aquellas capaces de aprender continuamente, las que incorporen inteligencia artificial sin perder el sentido humano del liderazgo, las que conviertan los datos en decisiones, las que desarrollen culturas organizacionales donde la innovación deje de ser un proyecto aislado y se convierta en una práctica cotidiana.

«Las naciones que liderarán la próxima década no serán las que atraigan más fábricas, sino las que desarrollen más talento.»

Como CEO, he aprendido que las organizaciones no fracasan porque el entorno cambia, fracasan porque ellas dejan de cambiar, y exactamente la misma lógica aplica para las economías nacionales.

Una visión para 2035

México tiene frente a sí una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. La reconfiguración geopolítica, la regionalización del comercio, el desarrollo tecnológico, la transición energética y la transformación de las cadenas globales de suministro están ocurriendo al mismo tiempo. Pocas generaciones tienen la posibilidad de redefinir el rumbo económico de un país. Esta es una de ellas.

Pero convertir esa oportunidad en prosperidad dependerá de decisiones que trascienden cualquier administración gubernamental, será necesario invertir más en ciencia que en burocracia, más en innovación que en subsidios improductivos, más en educación tecnológica que en discursos, más en infraestructura digital que únicamente en infraestructura física, sobre todo, será indispensable construir una visión compartida entre gobierno, iniciativa privada, academia y sociedad. Las grandes economías no nacen de un decreto, se construyen mediante acuerdos de largo plazo.

Conclusión

Durante muchos años, México ha demostrado que posee la capacidad para resistir las crisis, ahora debe demostrar que posee la capacidad para liderar el crecimiento. El mundo está entrando en una nueva etapa económica donde el conocimiento será más valioso que las materias primas, la productividad más importante que los bajos costos laborales y el talento más determinante que cualquier ventaja geográfica. Nuestro país cuenta con recursos, ubicación estratégica, capacidad industrial y una integración comercial privilegiada con Norteamérica. Pero el verdadero diferencial competitivo dependerá de algo mucho más profundo, dependerá de nuestra capacidad para formar líderes, desarrollar empresas innovadoras y construir instituciones que generen confianza. La historia económica demuestra que ninguna nación alcanza el desarrollo por accidente.

Lo logra cuando comprende que el crecimiento sostenible no es consecuencia de una sola política pública ni de un solo gobierno, es el resultado de una cultura que apuesta permanentemente por el conocimiento, la productividad y la innovación. Esa debería ser la gran conversación económica de México, no cuánto creceremos el próximo año, sino qué decisiones estamos tomando hoy para convertirnos, dentro de diez años, en una de las economías más competitivas del mundo. Porque el verdadero patrimonio de una nación nunca ha sido su territorio, siempre ha sido su capacidad para imaginar el futuro… y construirlo antes que los demás.

Fuentes consultadas:Fondo Monetario Internacional (FMI). World Economic Outlook.

Banco Mundial. Global Economic Prospects.

Banco de México. Informes Trimestrales.

INEGI. Indicadores de Productividad, PIB e Inversión.

OCDE. Economic Outlook.

McKinsey Global Institute. The Future of Work.

World Economic Forum. Future of Jobs Report.

Reuters. Cobertura económica sobre México y Norteamérica.

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